lunes, 9 de julio de 2012

Paisaje tras las elecciones


La Jornada.
León Bendesky
Lunes 9 de julio de 2012

El proceso electoral que terminó el primero de julio fue controvertido. Las circunstancias son bien conocidas y han sido ampliamente debatidas. Pero la elección, legalmente, aún no está concluida. Que se impugnen los resultados es un derecho amparado por la ley; que lo haga AMLO, es para muchos motivo de crítica. Que acepte, dicen, los resultados y admita su derrota. Para eso hay tiempo, no es necesario excitarse.

Dicen los expertos en estos temas que el hecho de que se gaste en demasía en las elecciones, que se compren votos, que haya trampas ocurre en todas partes. Pues sí, así debe ser, pero nosotros vivimos aquí, en un entorno específico, con nuestras propias taras y virtudes y, cómo olvidarlo, con nuestra propia historia: la larga y la reciente. Siquiera eso que nos concedan dichos expertos, o ¿será que su dominio de la ciencia política no les alcanza para más?

Que la izquierda partidista no sabe escoger buenos candidatos dicen otros. Y, sí, en efecto, AMLO no es un tipo bonito, fotogénico y cumplidamente armado por la televisión y los medios impresos. No es un buen producto. Es como es y punto, lo que no equivale a decir que es un político vacío y descocado, sino más bien a contrapelo. Después de todo obtuvo 32 por ciento de los votos frente a 38 del virtual ganador y sólo 25 de la candidata del partido en el gobierno. Lo menos que se puede decir, entonces, es que el electorado está muy dividido. Queda, eso sí, la forma en que actúan los partidos de la denominada izquierda, cuando gobiernan y cuando se acomodan a las rentas del presupuesto.

Muchos intelectuales apoyaron abiertamente la candidatura del PRI, están en su derecho por supuesto y sus razones tendrán, sean por el interés de la nación o por los propios, eso es irrelevante. Pero habrán de admitir que muchos mexicanos no comparten su entusiasmo y ven con grandes sospechas o, más bien, con mucha incredulidad y desazón, la vuelta del PRI al poder.

Esta restauración no puede sustentarse en la afirmación de que ese partido se ha transformado para guiar al país por la senda del progreso y la concordia social. No hay evidencia de modernización en su discurso, en sus prácticas y su código genético. No se trata, debemos suponer, de magia o fe, pues de ser así se estaría más cerca del mesianismo que tanto critican. Es un retorno “conveniente”.

Detrás de las caras “nuevas”– que la verdad no lo son tanto–, están los mismos personajes de siempre, con idénticas costumbres y con la misma estructura interna de funcionamiento y redes de poder. Se sabe quiénes son y cual es su rastro. En todo caso la exigencia de la prueba quedaría enteramente de su lado.

De mucha de la prensa, la que se hace por televisión, radio y por escrito, la imagen que queda es en verdad muy pobre. Un caso medular, aunque no único es el manejo y la utilización burda de las encuestas; Milenio se lleva las palmas en el competido premio por desfachatez. La manipulación alcanzó nuevos niveles en este terreno, además de los otros, más convencionales y que tan bien se practican en el país. Así, la aclaración del caso Soriana y su entramado, por ejemplo, no debería quedar sin investigarse, aunque cabe esperar más de la impunidad corriente en este país.

Los días que siguen son de relevancia para reordenar la vida colectiva en México. Las formas y el fondo con el que se tratan los asuntos políticos no podrán separarse sin el riesgo de provocar hondas y costosas fisuras y que, al parecer, se toleran ya con menos resignación por la gente. Quien gobierne tendrá que hacerse cargo de esas fracturas o hacer algo por alcanzar una legitimidad sostenible sin recurrir a un autoritarismo fuera de tono y de tino. La inconformidad de una parte grande de la sociedad se manifiesta abiertamente, otra se incuba de modo más callado.

De la supuesta capacidad de un liderazgo del PRI para renovar las pautas del crecimiento y del bienestar es sólo eso, un supuesto. Tal cosa no se resuelve con discursos que en la campaña fueron un conjunto de declaraciones más bien vacías de contenido. En este campo el contraste con las otras propuestas es frontal y, por eso, incómodo para los intereses políticos y económicos dominantes.

Esos mismos intelectuales que apoyaron abiertamente al PRI en las elecciones han argumentado que México tiene todos los elementos para desbordarse en una era de progreso. Esto hay que matizarlo, ponderarlo y ponerlo en el marco de las posibilidades efectivas de modificación de los patrones de funcionamiento que están muy bien asentados; el inventario es conocido. Pero por arrebato y optimismo no cejan. Otra vez hay muchas dudas acerca de que el retrono del PRI, con sus propias rigideces internas y modos de hacer política, acomode las condiciones necesarias para que tal cosa ocurra.

Pero no es un asunto de voluntades o, incluso, de la supuesta capacidad de administrar las cosas públicas una vez que el PAN desaprovechó su oportunidad y que haya entre sus huestes quienes se han convertido al nuevo priísmo.

El capitalismo está mudando en el marco de la fuerte crisis de los países centrales. En Estados Unidos y Europa la economía está tumbada, los bancos dañados y la sociedad debilitada. No se puede esperar un crecimiento que jale al resto del mundo. Los ajustes serán significativos en los próximos años, sobre todo ante las resistencias de los esquemas aún vigentes. Habrá que replantear cómo se gobierna.

El miedo a la democracia


La Jornada.
Carlos Fazio
Lunes 9 de julio de 2012


Una vez más, la fabricación del consentimiento funcionó. Triunfó la telecracia. El poder del dinero. La elección presidencial fue una gran operación de propaganda aceitada con sobornos, extorsiones y corrupción. Un montaje orquestado por los poderes fácticos a través de monopolios mediáticos y casas encuestadoras, en sociedad con el aparato del viejo partido de Estado, el Revolucionario Institucional (PRI). Ganó México”, afirmó Enrique Peña en la victoria. Ahora, él representa el “interés nacional”. Es decir, el interés de la clase dominante. Adoctrinado por el sistema, será su administrador de turno.

Los amos de México disfrutan el espectáculo y se preparan para el gran banquete. Porque no hay engaño: se trataba de mantener a raya a la chusma libertaria, y lo lograron. En la actual selva socialdarwinista neoliberal mexicana, “ganó” el corrupto más competitivo. ¿Su tarea? Mantener a la atolondrada multitud en un estado de sumisión implícita; contener el despertar de la plebe. Ganó el candidato que contó con la maquinaria más experimentada en explotar la servidumbre humana, en controlar masas subordinadas, encadenadas a un orden autoritario-servil. Triunfó el más apto en el marco de un Estado de tipo delincuencial y mafioso en rápida fase de putinización.

Recuerda Noam Chomsky que en las sociedades industriales avanzadas la toma de decisiones reside en manos privadas, que utilizan instituciones ideológicas para canalizar el pensamiento y las actitudes de la población dentro de límites aceptables, desviando cualquier reto potencial hacia el privilegio y la autoridad establecidos, antes de que pueda cobrar forma y adquirir fuerza. La tarea consta de muchas facetas y agentes. Uno de los agentes principales para el control del pensamiento crítico son los medios de difusión masiva. Según Chomsky, los ciudadanos “deberían emprender un curso de autodefensa intelectual para protegerse de la manipulación y del control”. Sólo que en México, esta vez, a la guerra sucia y el terrorismo mediáticos hay que sumar el papel propagandístico de las principales firmas encuestadoras. Los sondeos no fallaron. Fueron diseñados para engañar y/o confundir a la “opinión pública”. Se manejaron espots propagandísticos en traje de encuestas, porque la gente cree que “los números nunca mienten” (la verdad matemática o “el fetichismo moderno por el número”, Ilán Semo dixit). Pero las cifras no son neutrales. La ofensiva massmediática tuvo como eje la difusión de una matriz de opinión dirigida a convencer al electorado, antes de que votara, de que ya había un ganador inalcanzable.

Los nexos económico-ideológicos entre el poder mediático y los mercaderes de encuestas son públicos. Hace varios años, las barras informativas de las cadenas de radio y televisión incorporaron como “analistas” a los directores de las encuestadoras más “profesionales” del mercado. Entre ellas, Consulta Mitofsky (cuyo cliente principal es Televisa Tv-Radio), GEA/ISA (propiedad de Jesús Reyes Heroles, contratada por el Grupo Multimedia Milenio), BCG Ulises Beltrán (al servicio del Grupo Imagen Multimedia que publica el diario Excélsior), Buendía y Laredo (El Universal) y Parametría (cadena El Sol de México). El caso del “sumo sacerdote” de Mitofsky, Roy Campos, en los espacios electrónicos de Televisa y Radio Fórmula, ha sido notable. También los de Francisco Abundis (Parametría) y Ulises Beltrán.

El trabajo de los nuevos gurús ha sido contribuir a la construcción social de Enrique Peña, manipular a las audiencias (“el aturdido rebaño”), fabricar una opinión pública a la carta y manufacturar un sesgo informativo en favor del bloque dominante, todo lo cual fue legitimado por las encuestas al proveerle el falso sello de la aprobación pública. Las firmas que manipularon las cifras en 2006 y legitimaron el fraude en favor de Felipe Calderón vendieron ahora el triunfo anticipado. A la manera de Antonio Gramsci, generaron el consenso necesario anexo a la fuerza. Mediante la repetición de una misma matriz –en la que participaron los intelectuales orgánicos de las cadenas de diarios bajo control monopólico–, los periodistas estrellas (press-titutes, los llamó Paul Craig Roberts) complementaron la faena. Ya en la recta final de las campañas, bajo la máscara de una “verdad técnica”, protegieron al puntero prefabricado y sembraron la desesperanza entre quienes aspiraban a un cambio.

Para Etelberto Cruz, la raíz de lo que algunos definen “encuestocracia” se encuentra en que los candidatos y las corporaciones mediáticas dan un uso político a los ejercicios de demoscopia, aprovechando que no hay transparencia sobre quién paga y los intereses que están detrás de esos sondeos. El bombardeo sobre la ventaja de Peña se insertó en una estrategia deliberada para propagar “la cultura de la anomia”, que Cruz define como “una cultura de la depresión que busca provocar la inacción, la parálisis del votante”. Una forma de inducir el voto por el que va a triunfar o el abstencionismo. Para hacer ganar a Peña, los poderes fácticos patrocinaron propaganda en forma de encuestas disfrazadas. La influencia de los señores del dinero, que en elecciones anteriores se hacía sentir en “publicidad pagada” por particulares –ahora prohibida por ley–, se transfirió al abono de encuestas. Ello permitió la proliferación de propaganda facciosa camuflada como estudios de opinión y trabajos demoscópicos, que al no estar debidamente regulados, verificados y auditados pudieron contrabandear sus sesgos, inconsistencias científicas y deficiencias metodológicas.

Una sociedad salvaje –en el sentido socialdarwinista–, que asistió impávida al asesinato de miles de niños, jóvenes, defensores de derechos humanos, periodistas y civiles inocentes, no estuvo a la altura de la indignación del movimiento #YoSoy132, menos pulsional y más pensante, ergo, más impermeable a los espots propagandísticos. Se dibuja la irrupción de un Estado corporativista ya no atomizado por mafias. Bajo Mussolini primó la mafia de los fascistas. ¿Qué deparará el peñismo?

El México que no ha podido ser, será: carta a Andrés Manuel López Obrador


La Jornada.
Arturo Romo Gutiérrez
Lunes 9 de julio de 2012

Esta vez no te llamo amigo sino hermano. El amigo se elige o abandona a voluntad. El hermano es para siempre. En nuestro caso, hasta triunfar o perecer. Es el destino de todo aquel que abraza una causa superior.

Nadie puede saber cuándo lograremos la victoria, pero ella inevitablemente llegará. No sé si la vida nos alcance para ver el cambio de la injusta realidad actual; si somos precursores o seremos conductores de la transformación social. Con o sin nosotros, el nuevo orden, que se encuentra en plena gestación, alumbrará.

Te has ganado un lugar de privilegio en la historia moderna del país. Nadie como tú ha luchado, con tanto tesón e inteligencia y siempre en las condiciones más adversas, contra este régimen de oprobio e ignominia que ya lleva treinta años de expoliar a México y su población trabajadora. Pero el poder neoliberal es aún avasallante, cínico, inclemente y amoral.

Hemos escogido la vía pacífica y democrática para combatirlo, derribarlo y hacer de México un país moderno y progresista, sustentado en una nueva sociedad, libre, justa e igualitaria. No sólo lo sugeriste, lo exigiste, y cada quien hizo lo propio antes y durante la contienda electoral.

Ciertamente, el pueblo mexicano es poseedor de altas calidades revolucionarias. Lo ha probado a lo largo de la historia, en lucha contra enemigos superiores en número y eficiencia militar. Mas, en esta lid, muchos de sus componentes fueron aplastados y humillados por la realidad de su pobreza.

Es preciso recordar: a finales del siglo XIX se llevaba a cabo la “norteamericanización de México”; los capitales estadunidenses obtenían jugosas utilidades de su asociación con la dictadura porfirista. El American Cordage Trust, filial de la Standard Oil, exterminaba a los indios mayas, a veces los compraba por lotes en 50 pesos –como en la antigua Grecia de Pericles–; se conservaban mientras duraban… “En menos de tres meses enterramos a la mitad”, confió a Turner un administrador norteamericano.

En marzo de 2009, cuando concluiste tu recorrido por los 2038 municipios de régimen de partido del país y poco después, en noviembre de ese mismo año, los 438 municipios indígenas del estado de Oaxaca, publicaste dos textos estremecedores: “El país desde abajo: apuntes de mi gira por México”, y “Oaxaca, un viaje al corazón del México profundo”, este último título inspirado por el gran antropólogo social Guillermo Bonfil Batalla. Parecía que describías los horrores padecidos por los pobres durante el régimen de Díaz, cien años atrás.

En aquel tiempo se cancelaron las libertades políticas de los mexicanos. Hoy ocurre lo mismo. Son coordenadas que se cruzan en la historia. En ambos periodos es la pobreza manipulada por el poder oligárquico lo que somete, agravia y obtura el porvenir.

El mismo régimen de antaño, con nombre diverso, ha vuelto a aparecer. Lo derrotamos con el voto en 1988 y en 2006. Los poderes constituidos burlaron la voluntad del pueblo expresada en las urnas. El fraude moderno ya no se verifica en la casilla, sino antes y durante el ejercicio eleccionario.

La “victoria” que dicen los árbitros venales alcanzó uno de los dos partidos apuntaladores de la oligarquía, ha sido como las de Pirro, rey de Epiro: caras, engañosas y ciertamente intrascendentes. Pasará con pena sin gloria para nadie.

No lo duden: llegará la hora del desquite. La poderosa red de intereses implicados no ha logrado cooptarte y menos aún aniquilarte, como tampoco al Movimiento Progresista. A pesar de sus pesares, constituimos una fuerza política y social, real e incontrastable, no sólo por su número, sino porque es conciencia organizada y decidida a proseguir la lucha en el marco de las nuevas circunstancias. Resistir para avanzar, defender el derecho del pueblo a la revolución pacífica, frenar la calamidad neoliberal, gobernar de modo diferente en donde la izquierda se ha hecho con el mando, servir obedeciendo como los zapatistas, es y será nuestra tarea.

Adelante, hermano y líder, a continuar con renovado ánimo, a contrapelo de los que se han acobardado, han caído en la desesperanza o se aprestan al acomodo dentro de la nueva situación política. Ten a la vista lo que decía Debray: “Para un revolucionario el fracaso es un trampolín”. Luego, las derrotas de los movimientos progresistas no son sino los prólogos de las grandes victorias de mañana. Hoy, como ayer, se levanta señera la voz de don Benito Juárez: “El triunfo de la reacción es moralmente imposible”. El México que no ha podido ser, será.

miércoles, 4 de julio de 2012

SME Martin Esparza Asamblea Electoral 3jul12

La restauración de la vieja derecha revolucionaria

-Los partidos que queden en la oposición mexicana tienen una gran responsabilidad.

-Ellos podrán frenar o incluso impedir que la restauración del poder priísta se convierta en una pesadilla políticaDiario el País - España.








México está en vísperas de que gane las elecciones presidenciales la derecha revolucionaria. Esta situación paradójica –un conservadurismo revolucionario– es el fruto de muchos decenios de alquimia política, durante los cuales el PRI logró la transmutación de las corrientes que emanaron de la Revolución de 1910 en expresiones claramente derechistas y conservadoras. La derecha revolucionaria mexicana ha logrado colocar a su partido, el PRI, y a su candidato a la presidencia, Enrique Peña Nieto, a la cabeza de las intenciones de voto. Hoy en México pocos dudan de que gane la presidencia el partido del antiguo régimen autoritario. Será una verdadera restauración del poder tradicional de la vieja derecha revolucionaria, con su pesada carga de corrupción, cuya hegemonía fue rota en el año 2000 por el partido que en México representa a la derecha democrática (el PAN).

Por supuesto, el triunfo del PRI no será el retorno al régimen autoritario que aplastó al país durante más de setenta años. Tampoco la restauración en la Francia del siglo XIX –el modelo clásico– fue un retorno a la monarquía absoluta: fue la instauración de una monarquía constitucional con un fuerte ingrediente parlamentario, en cuya base se encontraban por un lado los ultraconservadores –que buscaban un retorno al absolutismo– y los liberales, que fueron muy influyentes en el período de Luis XVIII (después vino un giro a la extrema derecha encabezado por Carlos X).

La restauración priista también se encuentra dividida en varios fragmentos, pero no es difícil observar que hay dos grandes polos: los dinosaurios más duros, que sueñan con un retorno al viejo régimen, y los tecnócratas modernos, con inclinaciones democráticas y una disposición a adaptarse a los nuevos tiempos. Es difícil ubicar a Enrique Peña Nieto en este espectro político: su rancia retórica y algunas de sus propuestas (como la eliminación de la proporcionalidad en los procesos de representación) lo colocan en el extremo duro y antiguo. Pero varios políticos clave de su entorno político pueden ser calificados como operadores del ala tecnocrática flexible dispuesta a aceptar las reglas del juego democrático.

La revolución, en México, se ha convertido en un mito reaccionario que invita a mirar hacia atrás

Hay que comprender que el PRI es una expresión de la derecha desde hace muchos años. No debe sorprender que en México mucha gente asocie la idea de revolución con actitudes conservadoras. La revolución, en México, se ha convertido en un mito reaccionario que invita a mirar hacia atrás, a un pasado imaginario y fundacional que no es más que el símbolo de una pesada herencia autoritaria. Paradójicamente, la revolución también fue –y continua siendo– un símbolo de estabilidad, gobernabilidad y eficacia. Las corrientes “revolucionarias” se presentan, más que como portadoras de cambios, como los guardianes de una caja de Pandora que contiene los demonios del México profundo, del México que cobija impulsos revolucionarios sangrientos y violentos. Los revolucionarios son vistos por muchos como los dueños de las llaves de esa caja llena de tempestades; son quienes aseguran que esa caja no se abrirá. A fines del siglo XX estos mitos se debilitaron y la sociedad mexicana logró por fin abrir un proceso de transición, cuando apoyó a Vicente Fox, un personaje curioso y patoso que logró convertirse en el representante de la derecha democrática y ganar la presidencia.

Como en el resto de América Latina, la democracia llegó a México por la derecha. Y hay que subrayar que desde entonces la mayor parte de los ciudadanos se ha definido como de derecha. Una encuesta nacional de valores (auspiciada por la revista Este País) mostró que en 2010 se declaraba conservadora la gran mayoría (54 %) y sólo una quinta parte manifestó ser progresista (el 26 % se colocó en un lugar intermedio). Otra encuesta más reciente, hecha por el diario Reforma en junio de 2012, revela que casi la mitad (46 %) se considera de derecha, el 22 % de centro y apenas el 14 % de izquierda. Lo más sintomático es que la mitad de los que se consideran de derecha apoyan a Enrique Peña Nieto y casi la quinta parte a Andrés Manuel López Obrador, los dos candidatos presidenciales postulados por partidos que proclaman ser “revolucionarios”.

En este contexto, el retorno del PRI representa un serio peligro de restauración. Habrá una presidencia apuntalada por más de veinte gobernadores priistas, por organizaciones sindicales muy poderosas, por los monopolios de la televisión, por amplios sectores empresariales y por un elevado número de senadores y diputados. Este conglomerado puede convertirse en una poderosa maquinaria política que, acorazada por grupos corruptos, empuje al país más por el camino de una restauración al estilo ruso que por un retorno a la hegemonía del viejo aparato nacionalista revolucionario. Sin embargo, no es seguro que el nuevo presidente desarrolle una personalidad similar a la de Vladimir Putin, aunque los ingredientes para un giro autoritario están presentes a su alrededor. A diferencia del líder ruso, que proviene de los servicios de seguridad, contrainteligencia y vigilancia (herederos del KGB), el político mexicano parece un galán escapado de una telenovela y dedicado a la burocracia.

El PRI desprestigio al PAN y avanzó electoralmente a costa de retrasar el desarrollo del país

Pero, afortunadamente, también están presentes otros factores, como por ejemplo las profundas fracturas en el seno del PRI, un nacionalismo endeble y debilitado, una sociedad civil alerta y vigilante, una extensa intelectualidad hostil al PRI, algunos medios de comunicación críticos e independientes, la presencia de partidos políticos fuertes y un contexto internacional poco amigo de las soluciones autoritarias. Todo ello se aúna a la existencia de dispositivos que garantizan la pluralidad y un juego electoral transparente y efectivo. Estos elementos pueden impedir que la restauración desemboque en formas duras o al menos frenar las tendencias más autoritarias.

Otro freno de gran importancia podría ser –cosa probable– el hecho de que el PRI ganase con un porcentaje menor al que prevén muchas encuestas, y que en consecuencia careciese de mayoría absoluta en el poder legislativo. Ello abriría las puertas a un período de intensas negociaciones que permitiría que las fuerzas políticas perdedoras demostrasen su habilidad y su inteligencia para sobrevivir y, sobre todo, para defender los logros de la transición democrática.

Desgraciadamente ello no ocurrió durante el sexenio que termina, pues ni el PRI ni los populistas de la izquierda comprendieron la importancia de ejercer una oposición de alto nivel, más allá de sus intereses electorales coyunturales. La calidad de los partidos políticos se demuestra muchas veces más en su desempeño como oposición que en su ejercicio del poder. La izquierda se empeñó en vanos y absurdos esfuerzos por crear una crisis de gobernabilidad, para derribar la presidencia de Felipe Calderón. No lo logró, y sí en cambio logró un desgaste inmenso que rebajó su fuerza electoral. El PRI como oposición, por su lado, bloqueó toda reforma importante (energética, hacendaria, laboral) para no dar fuerza y legitimidad al partido gobernante. Logró desprestigiar al PAN y avanzar electoralmente a costa de retrasar el desarrollo del país.

Esto significa que sobre los partidos que queden en la oposición recae una gran responsabilidad. Ellos podrán frenar o incluso impedir que la restauración del poder priista se convierta en una pesadilla política.

Roger Bartra, antropólogo y sociólogo mexicano, es investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

domingo, 1 de julio de 2012

El Despertar


Por una insurgencia electoral

La Jornada
José Agustín Ortiz Pinchetti
Domingo 1º de julio de 2012

Las posibilidades de triunfo de la democracia en México son reales. Pero depende de que los mexicanos nos manifestemos mediante una insurgencia electoral. Me explico: si los mexicanos hoy salimos a votar masivamente, la democracia ganará. Si dos de tres ciudadanos nos manifestamos en las urnas, por muchos votos que compren no alcanzarán para revertir el triunfo de la democracia. Según los expertos, si la votación rebasa 62 por ciento del padrón electoral, ganará la democracia. Si no alcanza 50 por ciento, perderemos. Ha habido gran rechazo a las encuestas: más de 50 por ciento y crece. El índice de indecisos, lejos de disminuir, en la mayoría de las elecciones aumenta.

Un voto oculto enorme no se ha definido. Su ejercicio podría significar un cambio dramático. Aquí aparece una cuestión de responsabilidad: quienes han trabajado seis años por un cambio genuino y profundo han cumplido con auténtica entrega y devoción. Nada han dejado de hacer. La oposición progresista es la más grande organización cívica en la historia de México. Pero sus esfuerzos no son suficientes, se requiere una insurgencia electoral. Es decir, que el pueblo, masivamente, reafirme su convicción en la democracia electoral como un camino para la renovación de la sociedad. Por insurgencia electoral entiendo que todos debemos asumir la responsabilidad que nos toca en esta circunstancia. No es retórica. La gente debe estar más allá de la manipulación de la televisión y de la guerra sucia. Si no seguirá en el vasallaje. En México la condición de súbditos ha estado arraigada, de ahí el peligro de la restauración autoritaria. De ahí que los grupos de interés determinen quién gobernará y con qué estrategia. Esto sólo se puede romper por un impulso de emancipación. La hazaña del cambio no será de algunos pioneros, sino de una parte sustancial del cuerpo social.

Hoy, al borde del desenlace, me he preguntado por qué estoy en esta causa. Meses, años enteros construyendo una organización política. No busco ni dinero ni influencia ni poder, en ningún caso: soy un hedonista. Podría pensar que lo hago por indignación, como una respuesta a la brutalidad sórdida de la política mexicana. También me indigna la desigualdad no sólo por mi visión cristiana de la vida, sino por el inmenso desperdicio de millones cuyas vidas se van a extinguir sin provecho para una patria que tanto los necesita. Estoy en esto por gusto; cada vez que entro en contacto con el despertar de los grupos y comunidades salgo rejuvenecido y revitalizado. Además, el ejercicio del pionerismo es una práctica maravillosa. Estamos abriendo una brecha que se convertirá en un camino para millones. (Este texto fue hecho a mano, al alimón, con César Cravioto.)